Cada
día al levantarme,
En
mi ser esperaba ansioso un deseo,
Quizás
una esperanza,
De
repente una ilusión.
Era
algo, al cual anhelaba cada día,
Era
como esperar el Sol salir cada mañana,
Como
si esperase al amor en cada atardecer,
En
cada segundo de sosiego viril.
Al
escuchar los sonidos de la hojalata estruendosa,
Era
como permitir a las palomas alzar sus alas,
Como
las palomas tuviesen la oportunidad de mirar al cielo,
Y
con algarabía de amor, ternura y pasión,
Se
escuchaba aquellos sonidos,
Que
habría el paso a la libertad del amor.
Cada
amanecer esperaba con inspiración,
Ver
salir el Sol de aquella esquina,
En
cada agua fría, con ropaje limpia,
Y
disfrutar los rayos del Sol radiante.
Cada
Domingo en su atardecer,
Era
como presentiría ver los vientos caminar,
Cada
anochecer del Domingo,
Era
el descanso esperando el nuevo amanecer.
Aquellos
días Lunes,
Abriendo
la hojalata del dolor,
Ingresar
al agua fría, y pura,
Con
el ropaje blanco de celeste visto para escuchar,
Que
el Sol se encontraba a punto de emerger,
Aguardando
la esperanza para disfrutarla.
Incansables
eran esos días,
Eran
perdurables los momentos del Domingo y Lunes,
Eran
instantes que notaba la nota descorazonadora,
Del
viento trajinar sin detenimiento.
Han
sido momentos que viví entre la esperanza y el dolor,
Instantes
donde la pasión se traducía en nerviosismo,
Fueron
días de martirio y desdichas,
Colmados
de llanto y melancolía.
Aquel
Sol del cual tanto quise ir a su encuentro,
Un
día se abrió el cielo de las tinieblas,
Ahí
alcance ver y luego escuchar una lucecita que exponía,
¡No
desfallezcas gavilán fervoroso!
Otra
voz escuche manifestar,
¡Mantén
viva alegría y la satisfacción,
Que
ya el sol está por salir y llevar sus rayos hacia ti,
Rayos
de amor, alegría y ternura!
Ahí
la creencia del hombre semejante,
De
quien aguardó con ansias aquellos segundo de ver el Sol,
Y
ese instante llegó de una voz de primavera,
Que
mostró al fin Sol radiante del cual auguraba.
Sergio Gonzales Apaza
Periodista

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